Una de las primeras frases que escuché cuando apenas conocía al “universo tango” (y ya dice mucho que algo como el tango, es decir, un tipo de música y danza regional, tenga un universo propio), fue que el mayor milagro del tango no era necesariamente ninguno de los que el inconsciente colectivo le asignaba, que eran varios y variopintos, como el milagro de recibir el abrazo de un desconocido, el de que existieran orquestas de una calidad exquisita desde tiempos tan remotos como los de comienzos del siglo XX, el de que en un país de inmigración pobre surgieran poetas de una destreza memorable, el de que de alguna manera sea una de las pocas posibilidades reales que existen de sumergirnos en una especie de cápsula del tiempo para conocer el mundo de arrabal de antaño, el de que haya resistido los furiosos embates de la dictadura militar que lo prohibió e intentó aniquilarlo como a tantos otros (y no necesariamente tipos de música, por desgracia), o el de que una danza aparentemente regional lograra conquistar al mundo entero a punto tal que no exista en todo el orbe una ciudad sin un instructor de tango o sin una milonga.

Y en la última es en la que se detenía el discurso (larga perorata, debo decir, pero quién osaría interrumpir a esos queridos viejos), puesto que era en esto en lo que se basaba el mayor de ellos, el que lo convierte en realmente especial, milagroso, único en su especie.

Bailar Tango para sentirse en casa en cualquier lugar del mundo

-El mayor milagro del tango –dijo el viejo- es que uno puede llegar a cualquier ciudad del mundo y nunca se va a sentir perdido o solo, porque siempre habrá una milonga en la que meterse, y por ende siempre habrá una mano amiga, una voz para charlar, una mujer a que abrazarse, un vaso de vino que compartir en cualquier lengua, en cualquier país, a cualquier edad del cuerpo y del alma que uno esté teniendo.

El viejo era un poeta, noto ahora mientras escribo. Uno de esos personajes que completan al tango, que lo hacen integral, ese universo propio que mencionábamos.

Pero no era su aseveración una ficción poética, aunque por entonces no lo tenía tan claro.

No lo era porque lo que decía es una verdad irreductible, tan cierta como los mares traslúcidos de Sardegna o las escuelas de tango en Barcelona, que por otra parte todo catalán debería visitar para conocer de qué se trata, déjenme acotar un apéndice que bien lo vale.

Ese es el secreto del tango, aunque sea más fácil propagarlo como el milagro del abrazo de un desconocido o del “amor utópico” de los tres minutos de una canción: lo que más atrae del tango, al final, es que es un lugar de encuentro.

No es un detalle menor ese “al final” porque es verdad que uno no va a aprender a bailar tango o a milonguear, al principio, para hacer sociales. No lo hace porque no lo necesita, no es eso lo que uno va a buscar de entrada ni es el único lugar en el que hacerlo. Para hacer amigos uno tiene más opciones, bien es sabido, y no va a andar pasando las de Caín para aprender a bailar, o sudando a mares en los primeros abrazos mientras rogamos no estar haciendo el ridículo sólo para conocer gente, que para eso nos vamos al club o al bar y da lo mismo, cuesta igual y fluye el doble.

Son muchos los motivos para aprender a bailar tango (y no me extiendo porque de eso hemos hablado ya en el último artículo), pero no es ir a un lugar de encuentro el motivo que está entre los primeros, pero sí es el que será el último.

Porque el tango es un lugar perenne al que podremos ir toda la vida, no sólo porque quienes lo bailan allí estará probablemente por el resto del tiempo que les queda, sino porque el tango se vuelve un lugar de pertenencia, como la bandera de un país, el equipo de fútbol o la familia a la que pertenecemos. Ser del tango es ser parte de un grupo, de una tribu que no necesita conocer los nombres ni saber de dónde viene: un tanguero es mudo y apátrida, porque no hay banderas ni lenguajes que lo determinen, sino el abrazo, el baile, esa pasión inexplicable pero que desde hace décadas toma a todos quienes se acercan a él, los toma como un virus, los absorbe, los envuelve hasta marearlos de placeres y enigmas que no se responden y respuestas que no tenían preguntas.

Y es verdad entonces que será sólo cuestión de llegar a una ciudad desconocida que allí estará la tribu esperando, sin saberlo pero sin dudarlo, abriendo los brazos a quien pertenezca a él, como si bailar tango fuera entre ellos un certificado de excelencia, de formación aprobada; como si fuera el apellido de familia al que no necesitamos acreditar para acreditar.

 

 

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Leonel Ángel Mitre, nacido el 31 de diciembre de 1975 en Buenos Aires, Argentina, es escritor, abogado, gestor cultural y fundador de Cinefilia Tanguera. Poseedor de la colección de cortometrajes sobre tango más importante del mundo, ha presentado al ciclo en más de treinta países y cuatro continentes con un suceso sin precedentes en el género.

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