Hace poco, en una de esas bibliotecas de casonas porteñas que son una especie de tesoro escondido hasta por sus propios dueños, puesto que fueron transmitidas de generación en generación y pocas veces visitadas, me crucé con un sinfín de libros sobre tango, disímiles y extravagantes en su mayoría, muy serios y hasta filosóficos algunos, pero todos dispuestos a desmadejar una madeja que, todo hay que decirlo, de seguro no llegarán a ver desmadejada.

Hablar de tango es complejo simplemente porque ni siquiera hay unanimidad (ni cerca de ello), sobre qué es y mucho menos qué significa.

Esto quiere decir que para algunos el tango es un tipo de expresión musical, para otros una danza, para muchos un representa cultural de un país, para otros un espacio social de encuentro cosmopolita, un observador activo del devenir de los tiempos turbulentos o pacíficos de una cultura, un estilo de vida, un trabajo, un pasatiempo, un amor, un amigo, y muchas versiones harto analizadas que al final sólo dicen que intentar analizar no es más que tomar en una noche oscura el camino por el que se llega al callejón sin salida.

Es así que desde el amanecer siempre resultará difícil hablar del tango porque no se sabe a ciencia cierta (y ya esta frase es una trampa, porque difícil será saber a ciencia un arte), aunque huelga aclarar que no lo sabemos en el aspecto general o filosófico, es decir, en lo que representa para todos, puesto que difícilmente no lo sepa cada uno en su fuero interno. Eso sí se sabe.

Cuando me crucé con esta biblioteca, entonces, llevaba impreso en la frente (y llevo todavía, y llevará quizá por siempre y cada día más grande, porque el conocimiento no conduce más que al vacío provocado por la conciencia de la enormidad de lo desconocido) la duda sobre lo que el tango significa.

Había libros que versaban sobre la historia del origen del tango, libros sobre sus músicos, sus poetas, sus devenires tumultuosos según los movimientos políticos; libros sobre técnicas de enseñanzas de la danza, sobre lo oculto del tango, sobre sus personajes, y todo un compendio de increíbles temas que no sólo podrían servir para un artículo como este, sino para largos y complejos (o no tanto, pero sí largos), libros escritos sobre el tango.

Bailar Tango según Laura Falcoff

Esa noche, entonces, abrí al azar muchas páginas y leí arbitrariamente muchos textos, y entre tanto se quedó conmigo un párrafo de una antología de textos sobre danza, de Laura Falcoff:

“uno de los rasgos más interesantes de baile de tango es el típico comportamiento que impone al hombre y a la mujer. Para decirlo de una de las varias maneras posibles: el varón conduce a su compañera –por la pista, en los movimientos y figuras que le sugiere, y sin que entre ellos se miren ni se hablen- a la vez que elige los pasos con que va armando su baile. La mujer se deja conducir, atenta a lo que marca el hombre, aunque su respuesta no es, de ningún modo, pasiva. La propuesta improvisada del hombre y la respuesta espontánea de la mujer se producen simultáneamente, con un tipo de entendimiento que suele resultar misterioso a un espectador ocasional.”

Por supuesto, la primera mirada podría ser dedicada íntegramente a la cuestión de ese incesantemente mencionado “patriarcado” social que el feminismo lucha por erradicar, y no caben dudas de que el tango, como concepto, como técnica, terminaría en algún tipo de embrollo para justificarse a ese respecto.

Sin embargo, no es esa la cuestión por la que aquel pequeño y arbitrario párrafo se mantienen en mi memoria, sino por algo más elemental, más puro, más poético y, por qué no decirlo, más romántico: el encuentro mágico de dos personas que, la mayoría de las veces, no se conocen, no se han tratado, no tienen más datos uno del otro que los datos tan completamente inexactos que apenas da una cara, los rasgos, las líneas demarcadas de una espalda, dos hombros o una cintura.

» … el tango logra aquello que quizá no logre el resto de la vida … «

Y sin embargo el tango logra aquello que quizá no logre el resto de la vida o, al menos, buena parte de ella: un entendimiento total y profundo entre dos personas, la codificación no a partir de un conocimiento intelectual sino instintivo, puro y a la vez delicado, casi sutil. Movimientos de uno que generan movimientos de otro, y a partir de ellos, además, un goce pleno y silencioso, secreto, envuelto en el manto de la música que gira en una sola dirección, de compases que tienen tanto significado como para generar libros y teorías filosóficas, y aún así se simplifica en un resumen de sutilezas, de roces, de encuentros perceptivos que evaden y superan las palabras.

Esas palabras que aquella noche encontré por millones dispersas en una biblioteca, de la cual no logré llevarme más que la idea de lo que bailar tango significa: un acto de magia.

 

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Leonel A. Mitre
Leonel Ángel Mitre, nacido el 31 de diciembre de 1975 en Buenos Aires, Argentina, es escritor, abogado, gestor cultural y fundador de Cinefilia Tanguera. Poseedor de la colección de cortometrajes sobre tango más importante del mundo, ha presentado al ciclo en más de treinta países y cuatro continentes con un suceso sin precedentes en el género.
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