Hace un tiempo, conversando con personas que, aunque argentinas, eran del todo ajenas al ambiente del tango, entendí que una de las particularidades más notorias de las milongas es, para quienes no las conocen, un serie de reglas que la rigen, en su enorme mayoría tácitamente.

No queda claro si estas reglas estaban impuestas desde el origen o, por el contrario, fueron gestándose con el correr de la experiencia de quienes bailaban en las multitudinarias milongas porteñas de antaño (lo que a las luces de una natural experiencia es más razonable), pero sí que en algún momento lejano, de comienzos de siglo pasado, se volvieron una norma inamovible. Tal es así que durante algunas décadas esas reglas dejaron de ser tácitas, se escribían en carteles que podían leerse en los salones, y más aún, se colocaron “guardianes de pista”, que velaban por el fiel cumplimiento de las mismas.

Cuando sobrevino la penosa y militarizada proscripción del tango por varias décadas, aunque la costumbre del guardián de pista o de las normas escritas se perdieron, esas reglas mantuvieron su lugar en la milonga, pero una vez más tácitamente, como algo inmanente al tango, como los bandoneones. Entonces las reglas dejaron de ser reglas y se volvieron códigos, que aunque similares, parece un término más acorde a tiempos de libertad y democracia, y además porque una regla puede entenderse (y ser) como una imposición, mientras que un código es un compendio de acuerdos al que un determinado grupo social ha llegado, convirtiéndose así en una serie de costumbres que enlazan y hermanan en vez de ordenar y obligar.

Por ende las reglas dejaron de ser tales para volverse código, es decir costumbre, aunque a su vez una costumbre que no acepta equívocos es, siempre, de alguna manera o una vez más una regla. Las normas para moverse, circular, invitar o bailar en la milonga, el agradecimiento, la conversación, la dinámica y tantos otros códigos, están todavía allí gozando de una salud de hierro, probablemente porque esas reglas no sean arbitrarias sino, por un lado, racionales, y por el otro, acordadas por la gran mayoría de sus partes. Aunque no falten detractores que bregan por un aggiornamento que equivocadamente parece siempre ser parte de todo en la modernidad, nada ni nadie ha cambiado ni movido esas normas, y, sincerándonos, nada ni nadie probablemente vaya a hacerlo, porque esas reglas al final no lo son tanto, es decir,

no son reglas sino el tango mismo, la milonga, la manera de ser del tango, sea el tango en Buenos Aires, el tango en Barcelona o el tango en el planeta Marte.

Reflexionando sobre esto, quizá una escena de mi próximo libro sirva para entender mejor esa energía particular y tan propia de la milonga que, por más que contrarios o amantes de la flexibilidad conceptual en ocasiones confronten, terminan por imponerse por la propia inercia del tango, de todo lo que allí sucede y no puede, ni debe, ni se desea cambiar. Porque no todo cambio significa evolución sino que en ocasiones no es más que eso, cambio, modificación de circunstancia, y no toda tradición es una consumación retrógrada de un tiempo presente sino, como en la milonga, también puede ser una sabia costumbre que se ha solidificado por su racional consecuencia.

“A la gala de apertura llegamos Bill, Ophélie, Jeanne, Guillaume, Mathieu, Juliette y yo. Decidí llevarlos porque creí que aquello de las reglas era una tontería, pero no tardaría en descubrir que existían por un motivo válido. Mis amigos se lanzaron a la pista como arlequines, creyendo que aquello era una discoteca en la que se pasaba otro tipo de música. Fue un pequeño pero verdadero desastre. Jeanne y Guillaume hacían monerías intentando imitar a los demás, desfachatados y alegres, ajenos al escándalo que generaban. Tiraban de las manos de otros asistentes para sacarlos a bailar, recorrían la pista en el orden circular contrario o, peor aún, cruzándola de lado a lado, halaban en voz alta, y todo un compendio de tonterías que me helaron la sangre tanto que no pude reaccionar más que atornillándome a la mesa. Todo mi valor se fue al demonio. Si Bianca me veía sería mi ruina; me había esforzado en ser parte del ambiente del tango, y esto echaría por tierra la labor. July me preguntó si quería intentarlo pero gentilmente decliné su ofrecimiento. Por fortuna Bill tenía un cuerpo con el único fin de que sostuviera su cabeza, Ophélie no era capaz de hacer nada sin él y Mathieu ni contaba, como en todo lo que debía realizarse con una mujer.

El problema eran Jeanne y Guigui, que continuaban invadiendo la pista sin seguir la ronda, pateaban sin querer a otras parejas sin el sutil pedido de disculpas de rigor, y reían a carcajadas. Cuando por fin terminó la tanda, respiré. Jeanne y Guigui se acercaron exultantes, pero a sus espaldas un custodio de seguridad se aprestaba a echarlos. Con un ademán le indiqué que no se preocupara, y él me respondió, también con un gesto, que no volvería a tolerarlo. En el pasado las milongas tenían guardianes de pista que se encargaban de expulsar a los agitadores. En los años cincuenta, por ejemplo, por mucho menos nos habrían molido a palos.”

 

Los códigos de la milonga existen porque es el modo en que la experiencia de ir a bailar tango puede sostenerse dentro de los márgenes de sus tradiciones. No podemos dejar de soslayar el hecho de que el tango, a pesar de seguir produciéndose y de que las antiguas composiciones son habitualmente reversionadas, es en su esencia una música antigua, lo que no quiera decir en modo alguno que sea anticuada, y cuidado aquí con esa diferencia. Pero es antigua, y sus ritmos y compases y manera de ser bailada sólo puede sostenerse desde la consecución de una tradición completa, es decir, así como no es lo mismo asistir a un concierto de música clásica cómodamente dispuestos en butacas que parados como si fuese un concierto de rock, o difícilmente podamos disfrutar de una experiencia cinéfila si en vez de en la pantalla grande y bajo la tenue magia de una sala de cine vemos una película en el ordenador del living mientras la TV del vecino expide el noticiero de la noche, así no podríamos vivir el tango sin sus códigos de orden y elegancia.

Y no es que esas normas estén allí por motivos estéticos o refinados (que al final, si de arrabal se trata, serían los contrarios a lo que el tango significa), sino que están allí porque es la única manera en que ir a bailar tango se convierte en ir a experimentarlo, la única manera en la que la milonga logra perpetuarse y subsistir, porque el tango no es sólo un tipo de música sino que es un tipo de música representativo de una zona (Argentina, o el Río de la Plata) y, especialmente, es un tipo de música y un tipo de baile representativo de una época, y sería despedazarlo pretender que los códigos de los espacios de bailes del nuevo milenio puedan estar en consonancia con aquellos que lo han sido cuando la música que se baila se ha creado.

La amabilidad de un cabeceo, el respeto al orden de circulación de la pista, la preocupación por no disturbar al otro sin tener idea antes de cómo baila y tantas otras cosas que suceden dentro, son símbolos de un modo de vivir de un tiempo remoto pero no tanto, un tiempo pasado que creó a sus estructuras sociales desde ciertos valores que fundaron el tango en todos sus estamentos, y que es lo que hace que no pueda partirse al medio, como no podemos partir al medio una ópera o un ballet sin desarmarlo, sin estar viviendo algo diferente.

Y es que al final, lo que encontramos es que los códigos no obran como limitadores, como reglas, como leyes o pero aún, como órdenes, sino que lo hacen como ayudas, como un compendio de amabilidades que colaboran con el placer por bailar, por invitar o proponer, por volver a un tiempo en que la preocupación por el otro era todavía central en la vida diaria de la sociedad.

Por último, creo que no es menor destacar que, a pesar de lo dicho, seguir los códigos de la milonga no significa en modo alguno estar jugando un juego de imitaciones.

No se siguen los códigos tradicionales de convivencia en la milonga porque se está imitando a los años treinta, o cuarenta, o cincuenta, así como los asistentes a las milongas no visten de traje y sombrero, ni hablan ceremoniosamente, ni toman los mismos tragos de antaño. Esas reglas se siguen por aquella ayuda de la que hablábamos, y por aquella racionalidad, es decir, porque esa música y esa danza difícilmente pueda ser bailada sin esos códigos, y es por eso que las ropas y los modos y todo lo que sucede en una milonga en cualquier parte del mundo es moderno y normal y habitual, pero los códigos se mantienen.

¡Y brindamos por ello!

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Leonel A. Mitre
Leonel Ángel Mitre, nacido el 31 de diciembre de 1975 en Buenos Aires, Argentina, es escritor, abogado, gestor cultural y fundador de Cinefilia Tanguera. Poseedor de la colección de cortometrajes sobre tango más importante del mundo, ha presentado al ciclo en más de quince países y tres continentes con un suceso sin precedentes en el género.
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