Una de las motivaciones más profundas que atrae a quienes bailan tango, es la celebración de los festivales internacionales, un multitudinario pacto tácito en el que el resto del mundo queda afuera.

Una vez al año las grandes ciudades (y no tanto), así como infinidad de centros turísticos,  celebran su festival, lo que las vuelve el epicentro de la comunidad europea, que asiste en banda generándose un ambiente cosmopolita ideal para bailar hasta los tuétanos, tanto que las milongas terminan pero continuarán bailando en pequeños livings hasta el amanecer, girando apiñados entre los sillones, siempre ávidos de un tango más.

Suele afirmarse que el tango es una verdadera celebración que permite a quienes son parte de él, encontrar amigos y compañeros de cursos en todas las ciudades del mundo, y tener siempre un lugar para dormir en donde fuera. Los años pasan, las noches corren, los viajes se acumulan y los festivales se suceden, y es así que al final todos de una manera u otra compartieron algo, tienen alguien cercano en común, o admiran a este o quieren participar de aquello.

Parecerá imposible ese funcionamiento en una sociedad compuesta por decenas de miles de personas diseminadas por el orbe, pero de alguna manera así sucede: al final del camino el tango es una gran familia, y aunque como toda familia por momentos puede ser complicada, no por eso deja de ser de lo más importante de la vida.

Primeras impresiones de los festivales europeos

Había pasado un tiempo viviendo el tango en Buenos Aires, pero lejos estaba de imaginar las diferencias con las que se vivía en el viejo continente. La más curiosa probablemente fuera –a las luces de la representación cultural marginal que siempre tuvo en Argentina- que en muchos lugares de Europa, el tango era una actividad un tanto elitista para quienes deseaban conocer gente o salir de la rutina. A pesar de las hordas de jóvenes europeos que había visto en Buenos Aires (y que más tarde descubriría que inundaban el tango en Barcelona, Berlín o Porec, entre otros) mi primera impresión fue que en su mayoría la comunidad estaba compuesta por personas que no habían tenido una pasión hasta encontrar el tango, y se aferraban a él con uñas y dientes. Pero el tiempo me mostraría que no necesariamente bailar tango en Europa implique tener cierta edad o conlleve un lujo o un gasto grande, sino que lo hay de todo tipo, para todas las edades y todos los bolsillos.

Lo que siempre es seguro, es que quienes asistan a esos festivales, por un lado, sabrán de qué se trata, es decir, qué tipo de tango se bailará, qué atmósfera tendrá el evento, qué tipo de maestros impartirán las lecciones y harán sus exhibiciones, y qué tipo de personas serán los asistentes, en edad, humor o espacio social que ocupen.

Pero, sea como sea y quienes sean, todos sabrán que el tango los ha conquistado por completo.

Ya no habrá lugar para la duda, si están ahí significa que sus vidas y prioridades se han dado vuelta por completo. Quienes asisten a esos festivales ya fueron fagocitados por las fauces luminosas y bestiales del monstruo: las mujeres pierden la cabeza por bailarlo, dejando sus costumbres y amigos hasta que su ordenada vida se deshace, y su existencia diurna no es más que la espera para volver al calor de un abrazo. Después de las primeras clases se animan a probar en las milongas, primero una vez a la semana, después varias y finalmente cada noche, sin importar si eso las hace perder el trabajo o las parejas, e incluso gastar todos sus ahorros. El dinero sólo sirve para viajar a Argentina o tomar lecciones, work shops, seminarios, stages o cualquier cosa que los bailarines argentinos les ofrezcan cuando están de paso en sus ciudades. Y no es diferente lo que sucede con los hombres, quienes descubren la posibilidad de acercarse a una mujer y, especialmente, volverse necesario para ella. Porque en todas partes se escucha la misma cantinela: bailan muchas más mujeres que hombres. Y es entonces que ellos descubren al tango y de un día al otro se les abre el mundo. Mujeres hermosas los ciñen e invitan a viajar a diferentes festivales, enviciándolos también hasta invertir su tiempo y su dinero, incrédulos de su suerte porque no se les exige nada más que bailar algunas tandas.

En aquella primera impresión, equivocada y asustadiza, fue que todo era ceremonioso e inaccesible. Parecía que en los festivales bailar en la pista significaba poco menos que rendir un examen en Harvard. Los amateurs temblaban ante los expertos, quienes con gestos serios aprobaban o desaprobaban lo que veían. Los grandes maestros parecían tener ínfulas de estrellas de rock, probablemente porque eran seducidos a caer presas de las naturales exageradas vanidades cuando el halago es empalagoso. Y es que los maestros de los festivales suelen ser las figuras del momento. A partir de su masificación, el orden del tango se convirtió en un reflejo de las grandes estructuras de poder como la política, el cine o cualquiera de las artes mayores. La vieja escuela de arrabal no es fácil encontrarla. Los nuevos bailarines pueden llegar a ser celebridades ante quienes los europeos tartamudean.

La realidad de los festivales de tango: la celebración europea

Pero no pasó demasiado para que la realidad de lo que podía encontrarse en los festivales del tango, se abriera a mis ojos. No había sido extraña aquella primera visión, puesto que todo ingreso a un mundo nuevo tiene una perspectiva distorsionada de la realidad (si nos los avisaran en el amor, cuántos desatinos evitaríamos), pero ya al segundo evento uno comienza a entender esa dinámica de celebración distintiva, el funcionamiento de esos tres o cuatro días durante lo que todo sucederá según lo planeado, que es que nada pueda planearse y preverse, y los encuentros se sucedan y fluyan de la mano de los tangos y tangueros.

Porque la magia nunca quedará apartada, en absoluto. Al contrario, de alguna manera, es en los festivales en las que sacará a relucir sus galas.

Los festivales son espacios especiales de celebración y encuentro, y a pesar de esos lineamientos sociales específicos (y extravagantes) del ambiente del tango, no deja de ser un momento especial y único en el que las diferentes sociedades de una actividad determinada y amateur, como lo es el tango y quienes lo bailan, se encuentran y entrecruzan.

La verdad es que, en mi experiencia personal, con el tiempo he llegado a comprender que …

no habría movimiento mundial de tango sin este tipo de eventos.

Los festivales, a la postre, son la coronación de esas horas de ensayo, de esos años de lecciones, de esas noches eternas de milongas pequeñas en cada ciudad del mundo. Es allí, en los festivales, donde termina de entenderse la celebración del tango en su real dimensión, enorme, global en todos los sentidos posibles, es decir, en el sentido geográfico, porque habrá personas de todo el mundo siendo parte del encuentro, pero también en el sentido más amplio: gente de todo tipo, edad, tamaño, cultura, profesión, clase social, etapa en la práctica del tango, etc. Una tribu variopinta y completa que, durante 4 días, se encontrará en algún lugar de Europa para bailar, abrazarse y vivir el tango, pero también para tomar clases durante el día, visitar países y ciudades nuevas, hacer amigos, ir a comer, divertirse, formar nuevos grupos, gestionar futuros encuentros, otros viajes u otros festivales.

Los festivales internacionales de tango, especialmente en Europa (aunque lo mismo podría decirse de los festivales de Asia o América), son una magnífica combinación de vacaciones, regreso a la escuela secundaria (imaginen lo que representa esa sensación para un adulto, sentir que no hay límite para jugar la vida, como lo hacíamos antaño, en esos albores lejanos y siempre añorados), y oportunidad de conocer gente y practicar el tango con los mejores maestros del mundo, que difícilmente se detengan en las ciudades de todos los participantes, más aún atendiendo a que en cada ciudad de Europa hay escuelas y milongas de tango.

La verdad, entonces, es que lejos de esa primera impresión, los festivales de tango son una parte central de la escena internacional del tango actual, porque es donde finalmente se cocinarán esas relaciones humanas y esos conocimientos del tango que harán que esa sociedad siga creciendo, moviéndose, fructificando y, siempre, esperando un viaje más, una tanda más, un tango más.

Hay diferentes ambientes y tipos de festivales, y no estaría mal hacer un repaso de los principales eventos que en la historia y, especialmente, en la actualidad marcan la tendencia social del tango europeo.

De eso nos ocuparemos, entonces, en el próximo artículo, palpitando ya los mejores eventos de la temporada estival del tango europeo que, claro, ya empieza a ilusionarnos con sus eventos de sol y mar y ciudades luminosas.

 

 

 

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